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La Ira

En Santiago 4, el escritor intentó destruir uno de nuestros más profundos problemas: una absorción asfixiante con nuestros propios deseos, hacer las cosas a nuestra manera y suplir nuestras necesidades. Cuando esa pasión se frustra, puede convertirse rápidamente en una ira ciega que deshonra a los demás y nos envilece a nosotros. Aunque puede que obtengamos lo que queremos, nos quedamos sintiéndonos insatisfechos.

Es mejor pedir a Dios que supla nuestras necesidades con sus manos, a su tiempo, a su manera; rendir nuestra voluntad a su control y orar como lo hizo Jesús: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42).

No sirve de nada rumiar las injusticias, tratar de arreglar las cosas por nuestra cuenta ni dejar que nuestros lujuriosos deseos determinen nuestras decisiones. Someternos a nuestro propio deseo por placer lleva a "guerras y conflictos" dentro de nosotros y con quienes nos rodean (Santiago 4:1).

Antes de que nuestra ira llegue al tope, podemos tomar un "receso" y salir a caminar con Aquel que nos entiende mejor de lo que nos entendemos a nosotros mismos, quien se cuida de nosotros más de lo que nos podemos imaginar. Podemos contarle de nuestra ira y ponderar las cosas con Él.

Podemos pedir a Dios que supla nuestras necesidades a su manera, pues tal como dijera Santiago, Él da "mayor gracia" (v.6), un regalo mucho mayor que cualquier cosa que podamos manejar por cuenta propia.